jueves, 7 de agosto de 2014

El “pico de asma de septiembre”: qué es y cómo evitarlo.

Desde hace ya varios años, los diarios del Grupo Vocento incorporan un suplemento sobre aspectos relacionados con la salud, llamado “Salud Revista.es”, en el que colabora Rafael Vega (“Sansón”), con una tira de humor gráfico dedicada a plasmar situaciones cómicas protagonizadas por médicos y pacientes.

Esta semana hemos tenido oportunidad de leer la que acompaña a estas líneas, que nos ha suscitado una reflexión que queremos compartir:


Aunque es altamente improbable que un médico sustituto retire a un paciente un tratamiento médico que realmente necesite, sí es cierto que en esta época estival coinciden una serie de circunstancias, ya sean dependientes del sistema sanitario o del propio paciente y su entorno, que pueden contribuir a que el seguimiento de un proceso crónico se haga más difícil, o incluso que un tratamiento se vea discontinuado.

¿Has oído alguna vez la expresión “pico de asma de septiembre”? ¿Sabes a qué se refiere?

El asma bronquial es una enfermedad crónica cuyo tratamiento es “escalonado”, variable de una persona a otra dependiendo de la gravedad de la afectación. A excepción de los casos más leves, el tratamiento farmacológico suele incluir al menos un medicamento antiinflamatorio, cuya acción (a diferencia de los medicamentos “de rescate”, los cuales abren los bronquios cuando están obstruidos) no es inmediata, pero se trata de medicamentos que actúan a largo plazo asegurando la estabilidad de las paredes bronquiales y, por tanto, deben mantenerse en el tiempo. Reciben, por ese motivo, el nombre de “tratamientos de mantenimiento”, y, cuando están indicados, para que actúen de forma realmente efectiva deben usarse de forma continuada, independientemente de que el enfermo tenga o no síntomas.

No es raro, lamentablemente, que el desorden (o digamos, simplemente, el cambio de hábitos) que conlleva el verano favorezca que se descuide o relaje el tratamiento. No es difícil que alguna dosis se olvide de vez en cuando, especialmente tratándose de un fármaco cuyo efecto no se deja sentir de forma inmediata. Pero ese descuido puede tener consecuencias graves.

Es posible que, mientras el enfermo descuidado disfruta del verano, en un entorno diferente al habitual, quizás alejado de los alérgenos que suelen darle problemas, se mantenga asintomático durante semanas. Pero las paredes de sus bronquios, inadvertidamente, van perdiendo la estabilidad conseguida, y, de forma inadvertida, se hacen más irritables, más reactivas ante cualquier estímulo que pueda inflamarlas. Así que cuando, en septiembre, esa persona retoma su rutina, regresa a su domicilio, frecuentemente en un entorno urbano con exposición nuevamente a los contaminantes de la atmósfera de la ciudad, retomando el contacto con sus alérgenos habituales, con el estrés que conlleva la reincorporación a la actividad laboral o académica, … su asma se descompensa. Con mayor o menor gravedad, dependiendo de múltiples factores, pero fácilmente se descompensa: ese es “el pico de asma de septiembre”.

Y recuperar la situación de estabilidad alcanzada antes del abandono (o simple descuido) del tratamiento llevará tiempo.

¿Cómo lo evitamos? Fácil: lo prevenimos. Como su propio nombre indica, el tratamiento de mantenimiento debe mantenerse. También en verano.

No hay que bajar la guardia nunca.


Nota: El contenido de esta entrada ha sido divulgado previamente desde el portal Alergia y Asma, y ha sido adaptado a este blog por su propio autor.

miércoles, 11 de junio de 2014

Popeye y la rotura del tendón del bíceps


Popeye es un personaje de cómic creado por el dibujante norteamericano Elzie Crisler Segar (1894-1938), conocido profesionalmente como E.C. Segar, que apareció por vez primera en 1929 como personaje secundario en su obra Thimble Theatre (una tira de prensa diaria que se distribuía en diversos periódicos). Con el tiempo, Popeye el marino ganó preponderancia en las historias allí narradas, y su nombre se convirtió también en el título de la obra que protagonizaba.

Primera aparición de Popeye, en enero de 1929 (por E.C.Segar)


Popularizado a través de la propia historieta (continuada por otros autores, como Bud Sagendorf, tras el fallecimiento de su creador), de series de dibujos animados para televisión, seriales de radio, películas, juegos electrónicos, anuncios y otros productos, Popeye se ha convertido en uno de los personajes de cómic más conocidos a nivel internacional.


Una de sus características más destacadas es la de desarrollar superfuerza como respuesta a determinados estímulos (pronto se descartó cualquier otra opción y quedó claro que la circunstancia que le proporcionaba superfuerza era la ingesta de espinacas, cuya disponibilidad en momentos críticos era lo que le salvaba de los apuros en que se veía inmerso en el transcurso de sus aventuras): de hecho, algunos autores defienden que Popeye puede considerarse el primer superhéroe de la historia, pues su aparición es anterior a la de Superman.



El aspecto físico de Popeye es también peculiar: además de otras características, presenta unos antebrazos desproporcionadamente gruesos (adornados por sendos tatuajes representativos de un ancla), que se unen a los hombros por unos brazos grotescamente finos. Cuando adquiría su superfuerza, sin embargo, un bíceps llamativo protuía en el centro de cada uno de esos brazos.  



El bíceps braquial es uno de los músculos que permiten la flexión del antebrazo sobre el brazo, aunque no es esa su única función. Situado en la cara anterior del brazo, entre el hombro y el codo, tiene dos porciones (de ahí su nombre: bíceps), una corta y otra larga. La porción corta se origina en un saliente situado en la zona anterosuperior de la escápula (omópato), llamada apófisis coracoides. La porción larga se origina en otro saliente de la escápula, la tuberosidad supraglenoidea, y desciende por una hendidura longitudinal que tiene el húmero, llamada corredera bicipital (pues es el canal por el que “corre” el bíceps). Ambas porciones se reúnen en un mismo vientre muscular, el cual se inserta inferiormente (a nivel del codo) mediante un tendón común, en el extremo más cercano del radio (que es uno de los huesos que, junto al cúbito, forma parte del antebrazo).

Un tendón es una parte del músculo, de consistencia fuerte (etimológicamente, tendón significa "que tensa") y, a diferencia del resto del músculo, sin capacidad contráctil, formada por tejido conectivo fibroso, que une el músculo al hueso.

A veces, los tendones se rompen, ya sea de forma parcial o de forma completa. Cuando se rompe de forma completa el tendón de la porción larga del bíceps (fundamentalmente por un traumatismo o un sobreesfuerzo brusco), se produce un fenómeno curioso: cuando el paciente intenta flexionar la articulación del codo contra resistencia (es decir, intenta doblar el antebrazo sobre el brazo mientras él mismo u otra persona impide su desplazamiento), si el tendón de la porción larga del bíceps está roto se aprecia cómo el vientre muscular, que ha perdido su fijación en el hombro, se desplaza hacia el codo, produciéndose una deformidad en forma de elevación en la zona media del brazo que recuerda a la bola que se forma en el brazo de Popeye tras haber comido espinacas.

Por esa similitud, ese fenómeno recibe el nombre de “signo de Popeye”, y es indicativo, como hemos dicho, de una rotura completa de la porción larga del bíceps.

jueves, 1 de mayo de 2014

El turno del olivo


En los últimos días estamos constatando un descenso significativo de los niveles de polen de plátano de sombra, un árbol muy apreciado ornamentalmente y habitual en nuestras ciudades, que había alcanzado concentraciones altas en las semanas previas, y afortunadamente ahora está en retroceso.

En su lugar, empieza a notarse la presencia del polen de olivo, en claro aumento progresivo. A diferencia de otras zonas de la Península, en gran parte de Andalucía el polen de olivo es precisamente el que más frecuentemente produce alergia, y se trata de un árbol casi omnipresente en los paisajes de nuestras provincias, fundamentalmente en forma de grandes extensiones de cultivo, pero también en el interior, incluso, de pueblos y ciudades.

Durante la Semana Santa pasada se han constatado niveles de polen de olivo incluso superiores a 100 granos por metro cúbico de aire, en el inicio de una escalada que acaba de comenzar y que en años anteriores ha alcanzado varios miles de granos por metro cúbico (el máximo registro histórico de que tenemos constancia en la provincia de Málaga tuvo lugar en la comarca de Antequera a mediados de mayo de 1999, con 4688 granos/m3).



La imagen que ilustra estos párrafos corresponde a un chiste de John Branch publicado en 2012, en el que se exagera el fenómeno de la polinización estacional, presentando un escenario equiparable al que podría condicionar una gran nevada nocturna: “¡Mirad!, ¡esta noche ha polinizado!”, exclama un ilusionadísimo niño ante la extraordinaria visión que contempla desde su ventana, completamente ajeno al sufrimiento (físico, en forma de rinitis) que la circunstancia provoca en sus mayores.

Se trata, como hemos dicho, de una clara exageración: no es habitual que la concentración de polen sea tal que pueda formar grandes capas visibles, como ocurre en el dibujo. Aunque tampoco podemos decir que sea del todo imposible: en febrero de 1997 se presenció en Málaga una gran nube amarilla de polvo que llegó a depositarse sobre toda la superficie de la ciudad, dejando una capa amarillenta sobre aceras, tejados, terrazas, balcones y techos de los coches, y cuyo análisis microscópico demostró que se trataba de polen de pino (el tamaño de cuyos granos, por otra parte, es significativamente mayor que el de los granos del polen de olivo).

Pero eso es un fenómeno excepcional. No es fácil que volvamos a verlo. Ni tampoco es, claro está, deseable.

Y mucho menos tratándose de polen de olivo.

Nota: El contenido de esta entrada ha sido divulgado previamente desde el portal Alergia y Asma, y ha sido adaptado a este blog por su propio autor.