lunes, 1 de septiembre de 2014

El consentimiento informado (a propósito de Quino)

Este año, Joaquín Salvador Lavado, “Quino (Mendoza, 1932), ha sido galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades 2014. Con buen criterio, el jurado ha querido premiar la obra de este humorista e historietista argentino, cuyos lúcidos mensajes “siguen vigentes por haber combinado con sabiduría la simplicidad en el trazo del dibujo con la profundidad de su pensamiento”, y ha destacado el enorme valor educativo de aquélla.

Como resultó evidente por las reacciones constatadas en la prensa y en las redes sociales apenas conocido la concesión del premio, todavía hoy hablar de Quino implica hablar de Mafalda, su personaje más famoso, que precisamente en 2014 ha cumplido 50 años. Pero, aunque es indiscutible que Mafalda forma parte de la historia del cómic y de la cultura popular, la obra de Quino no está constreñida a los límites de esa tira (no en vano el autor dejó de dibujarla hace ya décadas, y ha seguido en activo), sino que, como humorista gráfico de mirada lúcida, nos ha brindado multitud de otras viñetas desde las que nos sigue invitando a reflexionar sobre las relaciones humanas, enfrentándonos con frecuencia a nuestras propias contradicciones.

Permitidme que rescate una de esas viñetas para hablar del consentimiento informado.

La regulación actual en España de la relación entre los médicos y sus pacientes tiene como principal referencia una Ley que en el entorno sanitario llamamos, coloquialmente (aunque su nombre verdadero es mucho más largo), Ley de Autonomía del Paciente, nombre que se justifica porque uno de sus principales postulados es que toda actuación en el ámbito de la sanidad requiere, con carácter general, el previo consentimiento de los pacientes o usuarios: el paciente es, por tanto, autónomo para decidir a qué actuaciones quiere someterse y a cuáles no, consagrándose así el derecho del enfermo o usuario de los servicios sanitarios a decidir libre y voluntariamente entre las distintas alternativas asistenciales, incluyendo también, como una opción más, la negativa al tratamiento.

Lógicamente, para poder otorgar su consentimiento, el paciente debe recibir previamente la información necesaria que le permita conocer las posibles ventajas e inconvenientes de cada una de las opciones. La Ley encomienda al profesional sanitario la obligación de proporcionar esa información, y al consentimiento que el paciente otorga, una vez que ha sido informado, lo llama, precisamente, consentimiento informado: el consentimiento informado se define como la conformidad libre, voluntaria y consciente de un paciente, manifestada en el pleno uso de sus facultades después de recibir la información adecuada, para que tenga lugar una actuación que afecta a su salud.

El consentimiento no siempre tiene que recogerse por escrito: por el contrario, se acepta que, con carácter general, será verbal. Sin embargo, hay ciertos supuestos en que sí debe plasmarse por escrito: la Ley exige este requisito para las intervenciones quirúrgicas, los procedimientos diagnósticos y terapéuticos invasores y, en general, para la aplicación de procedimientos que suponen riesgos o inconvenientes de notoria y previsible repercusión negativa sobre la salud del paciente.

Acostumbrados durante décadas a una relación médico-paciente marcada por el paternalismo (el sanitario elegía la opción más adecuada, siempre buscando el bien de su paciente, y el paciente se sometía a la actuación elegida, con frecuencia sin recibir, ni solicitar, prácticamente, información sobre la misma), en los primeros años de implantación de la normativa que exigía el consentimiento informado (la Ley de Autonomía del Paciente es del año 2002, pero el consentimiento informado ya existía en nuestra legislación desde 1986), el requerimiento, por parte del médico, de la firma del paciente, suscitaba en éste con frecuencia un acusado recelo, pues no raramente se pensaba que la intención del médico era descargarse de responsabilidad. Quino lo plasmó de un modo acertadísimo en este chiste, en el que el cliente de un peculiar restaurante tiene la sensación de que se le pide que asuma la responsabilidad de cualquier efecto nocivo que pudiera derivar de ingerir la comida que le sirvan:


Afortunadamente, hoy la medida suele ser mucho mejor entendida y aceptada por los pacientes, quienes ya la ven como lo que es: una exigencia legal que obliga al sanitario, pero que de ninguna manera le exime de actuar con todas las cautelas necesarias y de poner a disposición de su paciente los medios adecuados para prestar el servicio sanitario requerido, ni le libera de responsabilidad si actuara de forma negligente.


Nota: El contenido de esta entrada ha sido divulgado previamente desde el portal Alergia y Asma, y ha sido adaptado a este blog por su propio autor.

jueves, 7 de agosto de 2014

El “pico de asma de septiembre”: qué es y cómo evitarlo.

Desde hace ya varios años, los diarios del Grupo Vocento incorporan un suplemento sobre aspectos relacionados con la salud, llamado “Salud Revista.es”, en el que colabora Rafael Vega (“Sansón”), con una tira de humor gráfico dedicada a plasmar situaciones cómicas protagonizadas por médicos y pacientes.

Esta semana hemos tenido oportunidad de leer la que acompaña a estas líneas, que nos ha suscitado una reflexión que queremos compartir:


Aunque es altamente improbable que un médico sustituto retire a un paciente un tratamiento médico que realmente necesite, sí es cierto que en esta época estival coinciden una serie de circunstancias, ya sean dependientes del sistema sanitario o del propio paciente y su entorno, que pueden contribuir a que el seguimiento de un proceso crónico se haga más difícil, o incluso que un tratamiento se vea discontinuado.

¿Has oído alguna vez la expresión “pico de asma de septiembre”? ¿Sabes a qué se refiere?

El asma bronquial es una enfermedad crónica cuyo tratamiento es “escalonado”, variable de una persona a otra dependiendo de la gravedad de la afectación. A excepción de los casos más leves, el tratamiento farmacológico suele incluir al menos un medicamento antiinflamatorio, cuya acción (a diferencia de los medicamentos “de rescate”, los cuales abren los bronquios cuando están obstruidos) no es inmediata, pero se trata de medicamentos que actúan a largo plazo asegurando la estabilidad de las paredes bronquiales y, por tanto, deben mantenerse en el tiempo. Reciben, por ese motivo, el nombre de “tratamientos de mantenimiento”, y, cuando están indicados, para que actúen de forma realmente efectiva deben usarse de forma continuada, independientemente de que el enfermo tenga o no síntomas.

No es raro, lamentablemente, que el desorden (o digamos, simplemente, el cambio de hábitos) que conlleva el verano favorezca que se descuide o relaje el tratamiento. No es difícil que alguna dosis se olvide de vez en cuando, especialmente tratándose de un fármaco cuyo efecto no se deja sentir de forma inmediata. Pero ese descuido puede tener consecuencias graves.

Es posible que, mientras el enfermo descuidado disfruta del verano, en un entorno diferente al habitual, quizás alejado de los alérgenos que suelen darle problemas, se mantenga asintomático durante semanas. Pero las paredes de sus bronquios, inadvertidamente, van perdiendo la estabilidad conseguida, y, de forma inadvertida, se hacen más irritables, más reactivas ante cualquier estímulo que pueda inflamarlas. Así que cuando, en septiembre, esa persona retoma su rutina, regresa a su domicilio, frecuentemente en un entorno urbano con exposición nuevamente a los contaminantes de la atmósfera de la ciudad, retomando el contacto con sus alérgenos habituales, con el estrés que conlleva la reincorporación a la actividad laboral o académica, … su asma se descompensa. Con mayor o menor gravedad, dependiendo de múltiples factores, pero fácilmente se descompensa: ese es “el pico de asma de septiembre”.

Y recuperar la situación de estabilidad alcanzada antes del abandono (o simple descuido) del tratamiento llevará tiempo.

¿Cómo lo evitamos? Fácil: lo prevenimos. Como su propio nombre indica, el tratamiento de mantenimiento debe mantenerse. También en verano.

No hay que bajar la guardia nunca.


Nota: El contenido de esta entrada ha sido divulgado previamente desde el portal Alergia y Asma, y ha sido adaptado a este blog por su propio autor.

miércoles, 11 de junio de 2014

Popeye y la rotura del tendón del bíceps


Popeye es un personaje de cómic creado por el dibujante norteamericano Elzie Crisler Segar (1894-1938), conocido profesionalmente como E.C. Segar, que apareció por vez primera en 1929 como personaje secundario en su obra Thimble Theatre (una tira de prensa diaria que se distribuía en diversos periódicos). Con el tiempo, Popeye el marino ganó preponderancia en las historias allí narradas, y su nombre se convirtió también en el título de la obra que protagonizaba.

Primera aparición de Popeye, en enero de 1929 (por E.C.Segar)


Popularizado a través de la propia historieta (continuada por otros autores, como Bud Sagendorf, tras el fallecimiento de su creador), de series de dibujos animados para televisión, seriales de radio, películas, juegos electrónicos, anuncios y otros productos, Popeye se ha convertido en uno de los personajes de cómic más conocidos a nivel internacional.


Una de sus características más destacadas es la de desarrollar superfuerza como respuesta a determinados estímulos (pronto se descartó cualquier otra opción y quedó claro que la circunstancia que le proporcionaba superfuerza era la ingesta de espinacas, cuya disponibilidad en momentos críticos era lo que le salvaba de los apuros en que se veía inmerso en el transcurso de sus aventuras): de hecho, algunos autores defienden que Popeye puede considerarse el primer superhéroe de la historia, pues su aparición es anterior a la de Superman.



El aspecto físico de Popeye es también peculiar: además de otras características, presenta unos antebrazos desproporcionadamente gruesos (adornados por sendos tatuajes representativos de un ancla), que se unen a los hombros por unos brazos grotescamente finos. Cuando adquiría su superfuerza, sin embargo, un bíceps llamativo protuía en el centro de cada uno de esos brazos.  



El bíceps braquial es uno de los músculos que permiten la flexión del antebrazo sobre el brazo, aunque no es esa su única función. Situado en la cara anterior del brazo, entre el hombro y el codo, tiene dos porciones (de ahí su nombre: bíceps), una corta y otra larga. La porción corta se origina en un saliente situado en la zona anterosuperior de la escápula (omópato), llamada apófisis coracoides. La porción larga se origina en otro saliente de la escápula, la tuberosidad supraglenoidea, y desciende por una hendidura longitudinal que tiene el húmero, llamada corredera bicipital (pues es el canal por el que “corre” el bíceps). Ambas porciones se reúnen en un mismo vientre muscular, el cual se inserta inferiormente (a nivel del codo) mediante un tendón común, en el extremo más cercano del radio (que es uno de los huesos que, junto al cúbito, forma parte del antebrazo).

Un tendón es una parte del músculo, de consistencia fuerte (etimológicamente, tendón significa "que tensa") y, a diferencia del resto del músculo, sin capacidad contráctil, formada por tejido conectivo fibroso, que une el músculo al hueso.

A veces, los tendones se rompen, ya sea de forma parcial o de forma completa. Cuando se rompe de forma completa el tendón de la porción larga del bíceps (fundamentalmente por un traumatismo o un sobreesfuerzo brusco), se produce un fenómeno curioso: cuando el paciente intenta flexionar la articulación del codo contra resistencia (es decir, intenta doblar el antebrazo sobre el brazo mientras él mismo u otra persona impide su desplazamiento), si el tendón de la porción larga del bíceps está roto se aprecia cómo el vientre muscular, que ha perdido su fijación en el hombro, se desplaza hacia el codo, produciéndose una deformidad en forma de elevación en la zona media del brazo que recuerda a la bola que se forma en el brazo de Popeye tras haber comido espinacas.

Por esa similitud, ese fenómeno recibe el nombre de “signo de Popeye”, y es indicativo, como hemos dicho, de una rotura completa de la porción larga del bíceps.